Unidades del Cuerpo de Bomberos de La Romana acudieron la noche de ayer a extinguir un incendio que consumió un...
El blackout dominicano: un instante de luz que reveló demasiado
La noche en que se apagó todo
Lo que se sabe es simple: la energía se suspendió en todas partes. Esta vez no hubo zonas salvadas ni esquinas privilegiadas.
Y aun así, pese a la oscuridad, se vio todo.
Apareció el esqueleto nacional. Todavía no huele porque sigue agonizando, pero ya se asoma: flaco, disfrazado de alegría, caminando a casa con las piernas rotas.
En la oscuridad, todo se vuelve más claro.
Escenas del país apagado
El metro apagado “tiene, pero no tiene” planta eléctrica.
Un carrito de concho “solidario” cuesta cien pesos, pero solo por esa noche.
Y una procesión católica camina en silencio, no hacia Roma, sino hacia sus casas. Un viacrucis del subdesarrollo que mañana se repetirá por el mismo camino y con la misma burla.
Un país contradictorio
Neruda habría escrito sobre un nudo y mil nudos. Y sobre los viejos dolores de los pueblos.
Pero aquí la poesía se queda corta frente al rating intacto de la Casa de Alofoke, los ascensores apagados con gente atrapada y el ruido de las plantas eléctricas que, de pronto, suenan como música.
La verdadera revelación
El blackout no nos dejó a oscuras. Al contrario, fue un instante brutal de luz.
Una revelación para quienes no ven.
Una traducción profética del país que somos: el Frankenstein dominicano.
Un cuerpo grotesco y deforme que vive saltando las tumbas de Balaguer, Bosch y Trujillo. Un país con pecho inflado, cabeza pequeña y piernas rotas. Vive gracias a la magia de una idea construida por muertos.
Nuestro monstruo familiar
Ese Frankenstein es nuestro tío Sam tropical.
Un monstruo al que le hemos tomado cariño.
Está hecho de corrupción, deuda pública, irresponsabilidad social, mediocridad, inseguridad e inflación.
Lo maquillamos tan bien que a veces olvidamos su verdadera cara.
Pero en la oscuridad se ve.
Y da miedo.