febrero 10, 2026

En la historia política romananense hay figuras que nacen del privilegio y otras que se construyen desde la adversidad. Jacqueline Fernández pertenece a este último grupo. Su vida no puede contarse sin mencionar las circunstancias difíciles que la marcaron, pero tampoco puede entenderse sin reconocer la fortaleza con la que decidió enfrentarlas. Su trayectoria es, ante todo, una historia de resistencia, de resiliencia y de lucha contra estructuras que durante años han intentado limitar el papel de la mujer en los espacios de poder.

Nacida en un entorno de precariedad económica en La Vega, Jacqueline Fernández conoció desde temprana edad las carencias materiales y las responsabilidades que llegan antes de tiempo. La pobreza extrema no fue una etiqueta, sino una realidad cotidiana que moldeó su carácter y su visión social. Desde ese punto de partida, su camino hacia la superación no estuvo marcado por atajos, sino por sacrificios constantes, trabajo sostenido y decisiones difíciles.

Ser madre soltera en una sociedad donde aún persisten prejuicios profundos significó enfrentar no solo desafíos económicos, sino también el juicio social. Sin embargo, lejos de convertirse en una limitación, esa experiencia fortaleció su determinación. La maternidad y la lucha diaria por salir adelante se convirtieron en el motor que impulsó su crecimiento personal y profesional.

Su incursión en la política no ha estado exenta de obstáculos. Como muchas mujeres en espacios tradicionalmente dominados por hombres, Jacqueline Fernández ha tenido que demostrar más, resistir más y soportar más cuestionamientos que muchos de sus colegas masculinos. El machismo y la misoginia no han sido conceptos abstractos en su historia, sino realidades palpables que se han manifestado en ataques personales, descalificaciones y campañas de descrédito que poco han tenido que ver con su trabajo público.

Uno de los episodios más complejos de su vida pública fue verse vinculada mediáticamente a situaciones relacionadas con su expareja, donde sectores de la prensa amarillista utilizaron su nombre sin que existiera responsabilidad directa de su parte. En una sociedad donde aún se castiga a las mujeres por hechos ajenos, su figura fue expuesta al juicio público con una dureza que rara vez se aplica en igualdad de condiciones a los hombres. Aun así, lejos de retirarse, decidió continuar, resistir y seguir construyendo su carrera política.

Esa capacidad de mantenerse en pie después de cada golpe es, precisamente, lo que ha generado una relación intensa con la opinión pública: una figura profundamente querida por quienes ven en ella un ejemplo de superación, y también criticada por quienes les incomodan las mujeres que logran abrirse paso en espacios de poder. Pero esa dualidad es común en mujeres que desafían los moldes tradicionales y se niegan a ocupar el lugar que históricamente se les ha asignado.

Hablar de Jacqueline Fernández implica reconocer que su historia trasciende lo individual. Representa a muchas mujeres romanenses que han tenido que levantarse después de la violencia, del prejuicio y de la exclusión. Su vida evidencia que el éxito femenino, en muchos casos, se construye sobre una resistencia que rara vez recibe reconocimiento.

Hoy, su trayectoria continúa en construcción. Con un futuro político aún abierto y con nuevas páginas por escribirse, Jacqueline Fernández sigue siendo una figura que despierta debate, emociones y expectativas. Y en su caso, el futuro, como toda historia de resiliencia, todavía está por contarse.

Alexander Rodríguez
Columnista

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