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En República Dominicana seguimos evitando una verdad incómoda. Muchos abusos contra niños no vienen de extraños. Vienen de gente cercana. Vienen de la casa. La cercanía no siempre protege; a veces expone.
Hay que decirlo sin rodeos. La confianza mal manejada se convierte en riesgo. El abuso no ocurre por accidente. Ocurre cuando alguien tiene acceso, autoridad y oportunidad. El acceso lo da la familia. La autoridad la da el adulto. Y la oportunidad aparece cuando bajamos la guardia porque “es de confianza”.
Por eso, con los hijos no se confía a ciegas. No en nadie. Ni siquiera en familiares. No es paranoia. Es prevención. Enseñar límites claros. No permitir toques indebidos. Y creerle al niño cuando algo no cuadra.
En el mundo digital pasa lo mismo. Seguir a los hijos en redes sociales no es suficiente. Muchos jóvenes manejan doble cuenta. Una para la familia y otra donde ocurre lo que los padres no ven. En menores, la privacidad no puede estar por encima de la seguridad.
La confianza no se elimina. Se administra. Porque la confianza es una puerta. Y si no se controla, por esa puerta vuelve a entrar la tragedia.