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Vamos a hablar de la Doctrina Monroe, su evolución con el Corolario Roosevelt, el caso histórico de la intervención en las aduanas dominicanas en 1905, y cómo todo esto se conecta con las recientes acciones del presidente Donald Trump respecto a Venezuela.
Es un tema que nos toca de cerca, porque en el Caribe hemos vivido en primera persona el impacto real de estas doctrinas.
Primero, un resumen rápido de la Doctrina Monroe. En 1823, el presidente estadounidense James Monroe proclamó esta política en su mensaje al Congreso, resumida en la famosa frase “América para los americanos”. Básicamente, advertía a las potencias europeas que cualquier intento de recolonizar o interferir en los países independientes de América sería considerado una amenaza directa a la seguridad de Estados Unidos.
En su origen, fue presentada como una doctrina defensiva: evitar que Europa se entrometiera en el hemisferio occidental. En el contexto de las recientes independencias latinoamericanas, sonaba incluso como un respaldo a la soberanía regional. Sin embargo, con el paso del tiempo, se reveló como un instrumento para afirmar la influencia estadounidense en toda la región.
Esto nos lleva directamente al Corolario Roosevelt. En 1904, el presidente Theodore Roosevelt amplió la Doctrina Monroe mediante lo que se conoció como su “corolario”. Según esta interpretación, si un país latinoamericano incurría en “injusticias crónicas” o caía en un desorden financiero grave, Estados Unidos tenía el derecho —y el deber— de intervenir como “policía internacional”, para evitar que lo hicieran las potencias europeas.
En palabras simples: si hay caos político o deudas impagables, EE.UU. entra a “arreglar” la situación, protegiendo sus intereses y bloqueando la intervención de otros actores externos.
Este giro transformó una doctrina originalmente defensiva en una abiertamente intervencionista, justificando la llamada “diplomacia del gran garrote”: hablar suave, pero llevar un gran palo.
Y aquí entra nuestro país, la República Dominicana. En 1905, bajo la presidencia de Carlos Morales Languasco, el país estaba asfixiado por deudas externas con acreedores europeos y estadounidenses. Las amenazas de intervención para cobrar eran reales.
Aplicando el Corolario Roosevelt, Estados Unidos negoció un acuerdo mediante el cual asumió el control de las aduanas dominicanas para recaudar los ingresos y destinarlos al pago de la deuda. Primero se estableció un modus vivendi temporal, y en 1907 la Convención Domínico-Americana formalizó este control por décadas.
Se evitó una invasión europea, sí, pero a costa de la soberanía económica nacional. Aquella medida marcó el inicio de una cadena de intervenciones que culminó en la ocupación militar estadounidense de 1916 a 1924. Para los dominicanos, esto no es historia lejana: fue la pérdida del control de nuestras finanzas bajo el argumento de la “estabilidad”.
Ahora, extrapolemos al presente. Observemos las acciones del presidente Donald Trump frente a Venezuela. En los últimos meses se ha producido un escalamiento evidente: sanciones masivas, bloqueos a petroleros, despliegue militar en el Caribe y operaciones que han llevado a la captura de Nicolás Maduro, junto a afirmaciones de que Estados Unidos “gestionará” el país temporalmente, con un interés explícito en el petróleo venezolano.
Trump ha invocado de forma abierta una versión moderna de esta lógica, a la que muchos llaman el “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe, mencionado en su Estrategia de Seguridad Nacional. La justificación es conocida: combatir el narcotráfico, frenar la migración, limitar la influencia de China y Rusia, y asegurar recursos estratégicos.
El paralelismo con Roosevelt es evidente. Se trata de prevenir el “caos”, según la visión de Washington, y excluir influencias externas no deseadas, actuando de manera directa mediante presión económica y fuerza militar.
La historia se repite con ecos inquietantes. Lo que ocurrió en las aduanas dominicanas en 1905 se presentó como una medida de protección frente a Europa, pero terminó atándonos a Washington. Hoy, en Venezuela, se habla de “liberar” al pueblo, mientras se asegura el control del petróleo y se desplaza a competidores globales.
Los dominicanos sabemos que estas intervenciones suelen traer estabilidad temporal, pero casi siempre a un alto costo en soberanía y con consecuencias de largo plazo. La pregunta sigue abierta: ¿aprenderemos de la historia o el gran garrote continúa plenamente vigente en el siglo XXI?