El relevo en la Policía Nacional abre una oportunidad para recuperar la confianza ciudadana. Más que nuevos nombres, el país...
El relevo en la Policía Nacional abre una oportunidad que no debería medirse por nombres, sino por resultados. La institución necesita estabilidad, sí, pero también una ruptura clara con prácticas que durante años han alimentado desconfianza, miedo y dudas sobre su actuación.
Los cuestionamientos son conocidos: uso desproporcionado de la fuerza, “intercambios de disparos”, abusos en destacamentos, investigaciones deficientes y versiones oficiales que a veces terminan contradichas por videos o evidencias posteriores. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser un exceso individual y pasa a ser institucional.
Una Policía moderna no se construye solo con uniformes nuevos, patrullas o aumentos salariales. Se construye con mejor selección, formación continua, controles psicológicos, investigación científica, cámaras, protocolos claros y consecuencias reales cuando alguien cruza la línea.
La nueva jefatura tiene una tarea concreta: reducir la arbitrariedad y aumentar la trazabilidad de cada actuación. Que cada operativo pueda explicarse. Que cada investigación pueda sostenerse. Que cada abuso tenga respuesta.
La confianza pública no se hereda con el cargo. Se gana cuando la autoridad demuestra, todos los días, que puede ejercer poder sin abusar de él.