La popularidad y la influencia digital pueden construir audiencias y negocios, pero gobernar un país exige mucho más. La verdadera...
Hay noticias que uno quisiera creer que son una distracción o un experimento social. Pero cuando una figura con influencia digital anuncia su intención de llegar a la Presidencia de la República, la pregunta es: ¿hasta dónde hemos rebajado el estándar para gobernar?
Construir una audiencia, levantar empresas y movilizar seguidores demuestra capacidad empresarial y comunicativa. Pero gobernar un país exige mucho más. El ejercicio de la Jefatura del Estado demanda madurez institucional, diplomacia y un respeto absoluto a los procedimientos administrativos y constitucionales.
Quienes defienden la posibilidad de que una figura como esta llegue a la Presidencia tienen un argumento válido: los políticos tradicionales han tenido oportunidades de sobra y no siempre han estado a la altura de lo que la ciudadanía espera. Pero el fracaso de quienes han gobernado no convierte automáticamente la popularidad en preparación para gobernar. Si algo debe cambiar, es precisamente el nivel de exigencia que la sociedad debe establecer para quienes aspiran a dirigir el país.
En democracia, cualquiera que cumpla los requisitos legales tiene derecho a aspirar. Pero la sociedad debe decidir qué exige antes de entregar su voto.
Una elección presidencial no es un concurso de popularidad. Es decidir quién tendrá en sus manos el presupuesto, las instituciones y las decisiones que pueden cambiar la vida de todos los dominicanos.
Por eso, si tener seguidores basta para gobernar, el problema ya no será quién aspira al poder. Será el estándar que como sociedad estamos dispuestos a aceptar para entregárselo.
Y ese estándar no puede ser la popularidad.