mayo 31, 2026

Ya casi nadie se sorprende cuando ve un motorista cruzar un semáforo en rojo, subir una acera o manejar sin protección. Y precisamente ahí está el problema: lo peligroso se ha vuelto cotidiano.

Las recientes declaraciones sobre el control de paradas ilegales han devuelto el tema del tránsito al centro de la conversación pública. Sin embargo, esta situación no nació ayer ni apareció de repente. Es el resultado de años de desorden acumulado frente a los ojos de todos.

La motocicleta es una herramienta de trabajo para miles de familias dominicanas. Permite llegar al empleo, transportar mercancías y generar ingresos. Esa realidad merece reconocimiento y respeto.

Pero reconocer su importancia no significa aceptar el desorden como algo inevitable.

Cuando las normas dejan de aplicarse de manera constante, cuando la fiscalización aparece por temporadas y cuando las respuestas llegan solamente después de una crisis, el mensaje que recibe la población es peligroso: cumplir las reglas parece opcional.

Muchos sostienen que toda la responsabilidad recae sobre los motoristas. Esa explicación resulta cómoda, pero incompleta. El orden también depende de instituciones capaces de supervisar, fiscalizar y actuar de forma permanente, no únicamente cuando aumenta la presión pública.

La preocupación no debe limitarse a las motocicletas. Lo verdaderamente preocupante es acostumbrarse al desorden. Porque cuando una sociedad comienza a ver como normal aquello que pone en riesgo la seguridad de todos, termina pagando un precio cada vez más alto.

La pregunta ya no es cómo se llegó hasta aquí. La pregunta es cuánto tiempo más se seguirá reaccionando al problema en lugar de enfrentarlo de manera sostenida.

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